"No es en el conocimiento que se halla el fruto, sino en el arte de cogerlo" SAN BERNARDO Tratado sobre la consideración, 105

jueves, 11 de abril de 2013

Roma y los primeros cristianos

La Iglesia cristiana primitiva era considerada en el Imperio romano como una secta judía. En un principio, los romanos no les hacían mucho caso a los cristianos de los que pensaban, con una cierta condescendencia, que era “cosa de judíos”, que no iba con ellos; pero antes de la muerte de Nerón, en el 68, la nueva religión ya se veía y juzgaba peligrosa rival de la religión imperial romana. Los romanos pensaban que los judíos eran gente verdaderamente extraña, con una obsesión que les hacía notablemente distintos a todos los otros pueblos con los que se habían ido encontrando en su política expansionista: declaraban —nada más y nada menos— ser el pueblo elegido del único Dios. Y, además, eso de los cristianos resultaba harto difícil de entender en la sociedad de aquel momento porque la lealtad que los cristianos mostraban hacia su maestro, Cristo Jesús, era absolutamente irreconciliable con la veneración que el pueblo romano le debía al emperador.




En efecto, tanto para los griegos como para los romanos, política y religión iban indisolublemente unidas, eran una misma cosa. Tanto la polis griega como la civitas romana se fundamentaban en estos dos principios, de tal manera que los sacerdotes eran, en realidad, una especie de funcionarios públicos con unas tareas concretas y perfectamente definidas. Vemos, pues, que la religión de los romanos con sus dioses no tiene nada que ver, ningún parecido, con el concepto cristiano de una relación personal entre el hombre y Dios. Renegar de los dioses de los antepasados y de la divinidad imperial era, en el mundo romano, un acto claro y grave de traición a la patria porque, con ello, se ponía en peligro la cohesión social y política del Imperio.

Los emperadores Trajano y Marco Aurelio, que estaban profundamente comprometidos con el objetivo de mantener la unidad ideológica del Imperio, veían en los cristianos una amenaza cierta para sus propósitos, y decidieron solucionarlo buscando la forma de acabar con ellos. Pero, tal como vemos en la historia de otras religiones, especialmente en la del Islam, la oposición a la nueva religión creaba el efecto inverso al que se pretendía y, tal como refleja el epigrama de Tertuliano —miembro de la Iglesia del norte de África— “la sangre de los mártires se transformará en semilla de los cristianos”. Cierto.  A principios del siglo IV el mundo cristiano había crecido tanto en número y en fuerza que, para Roma, era imprescindible tomar una decisión: eliminarlo o aceptarlo. Diocleciano fracasó en sus intentos para eliminarlo. Por el contrario, Constantino I optó por la tolerancia iniciando una política más bien contemporizadora que, finalmente, cristalizó con la creación de un imperio cristiano. 


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